El amor es libertad

Observo un caballo cabalgando por un prado. Es libre. Nada lo ata. Va en la dirección que quiere. No conoce ningún límite, tan solo vive en ese preciso instante intemporal, cabalgando, sin dirección, hacia donde le conduzca su corazón.

Paralelamente, observo un caballo encerrado en un establo. Está atado. No puede ir en la dirección que desea; más allá de la valla. Conoce el límite de su libertad, y tan solo puede vivir dentro de ese límite, sin poder cabalgar hacia donde le conduzca su corazón.

El amor es inherentemente ilimitado. Nuestra naturaleza, que entre muchas otras cosas es amor, no conoce ninguna barrera. Es infinita. Es libertad. Es pura consciencia. Lo abarca todo porque lo es todo. El amor pertenece a uno mismo a la vez que a todo el mundo. De ahí que sea un amor libre, sin límites.

Es este amor el que representa el caballo que cabalga libremente por el prado, sin ningún freno o ligadura, simplemente guiado por su corazón.

Desde hace mucho tiempo, los seres humanos, regidos por el pensamiento, hemos obviado nuestra verdadera naturaleza —una naturaleza donde amor y libertad son un todo— y hemos construido un mundo basado en la falsa creencia de que el amor es limitado. Seguidamente, por si fuera poco, hemos llevado esta idea al extremo y hemos  inventado conceptos como el matrimonio, el divorcio, la fidelidad y la infidelidad; hasta llegar al punto de haber estructurado nuestras vidas en base a este amor que nos encadena.

Vivimos gobernados por un amor prisionero, el cual es, probablemente, una de las principales fuentes de infelicidad de nuestra época. Hemos ido en contra, o más bien, hemos permeado nuestra verdadera naturaleza y, por eso, hemos evadido la felicidad que se nos es dada. 

Si el amor (o nuestro yo) es inherentemente libre, ¿cómo va a pertenecer a alguien? Esta idea de que el amor es limitado —la cual hemos ido fomentando a lo largo de los años en nuestra sociedad— queda encarnada, perfectamente, bajo el concepto de «relación de pareja». 

Actualmente, la mayoría de las relaciones de pareja se basan en un prejuicio: yo te pertenezco a ti y tú me perteneces a mí. Regidos por el pensamiento y obviando nuestra naturaleza (una vez más), así es como la sociedad —que al fin y al cabo está conformada por todos nosotros—, ha definido y delimitado las relaciones de pareja. 

Con el paso del tiempo, el pensamiento se ha superimpuesto a nuestro verdadero yo y, como consecuencia, la sociedad nos ha instaurado la idea de que las relaciones de pareja son limitadas. Nos ha insinuado que no hay libertad. Nos ha impuesto la falsa creencia de que el amor tiene restricciones. Pero lo cierto es que sin libertad no hay amor, porque el amor es libertad.

Si amo a alguien, ¿por qué no le ofrezco la libertad de poder decidir lo que quiere hacer o con quién quiere estar? Y si me ama, ¿por qué me va a negar la libertad de poder decidir lo que quiero hacer o con quién quiero estar? ¿Por qué no nos brindamos esa libertad plena y honesta de poder decidir, a la vez que nos amamos? 

El verdadero amor se da cuando ambas partes brillan independientemente la una de la otra. Por ello, el momento ideal para establecer nuevas relaciones —ya sean de pareja o de amistad— se produce cuando no tenemos la necesidad de que nuestro amor dependa de otra persona; porque ya depende de nosotros mismos. Así pues, bajo un fundamento de libertad y ausentes de cualquier expectativa, podemos formar relaciones íntimas y de calidad.

No estamos hechos para amar con barreras. Estamos hechos para cabalgar y amar libremente.

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