El perfume del océano

El océano ruge con fuerza y humedece mi rostro con su aroma salino. Se apacigua y vuelve a cargar sus olas para arrojarlas contra la orilla, una y otra vez. Y sus chillidos, en lugar de ponerme los pelos de punta, se convierten en una melodía para mis oídos, pues distingo en su enfado una tierna sonrisa.

La playa yace desierta. Tan solo estamos Dita y yo, tumbados en la arena virgen. Ninguno de los dos abre la boca, y no es necesario, porque ambos descansamos plácidamente en los brazos del universo, hechizados por su magia, derretidos en su alma.

De mientras, el mar y la selva se miran fijamente a los ojos. Azul tempestad y verde esmeralda, ambos enfrentados, como si se tratara de dos ejércitos preparados para el combate. Pero lo que Dita no sabe es que nos encontramos justo en medio, en el campo de batalla. Ella continúa en silencio, jugueteando con la tierra. Cava, arquea su mano, la alza unos centímetros y deja que las piedritas se escurran entre sus dedos.

A lo lejos, unos hombres vestidos con pintas de pescador pasean por la orilla. Ya no estamos solos. Dita me asegura que son cazadores de erizos. Uno de ellos llega a nuestra posición, deja un cesto y, tras apoyar su mirada en la nuestra, agarra una lanza puntiaguda, se da media vuelta y se marcha.

A mis espaldas, unos globos tratan de esconderse entre los árboles, como si no quisieran ser descubiertos.

—¡Son habitaciones de un hotel! —me dice Dita.

—No están mal, ¡eh! —respondo mientras choco mi codo con el suyo.

Me pongo de pie y enseguida el niño que llevo dentro se apodera de mí. El coco que ha caído de una de las palmeras es ahora una pelota. La pateo suavemente y la arrastro con la planta de mi pie por la arena. Y desencadeno una serie de sonrisas: a la libertad, a la vida, a la eternidad. Correr por la playa cansa, así que me siento en el paño que acaba de sacar Dita de su bolsa. Clavo la mirada en una ola y esta se detiene y me la devuelve. Es desafiante, trata de escudarse, pero ¿de qué? Qué más da, tan solo consigo fijarme en el brillo de sus ojos.

Irrumpe en escena un tipo peculiar. Camina despreocupado, ligero de sufrimiento, como si nada importase. Parece Tarzán. Piel tostada, cuerpo hinchado y taparrabos moderno. «Todo un personaje», digo en voz baja. Me mira. ¿Me habrá escuchado? Sin embargo, sus piernas continúan hacia adelante y lo llevan cada vez más lejos hasta que desaparece de mi vista. Me recuesto, entrelazo mis dedos detrás de la nuca y dejo que el canto del océano bañe mi corazón.

«Sigue tocando», insisto.

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