La brisa de la voz

La mesa resguarda mis piernas con cariño mientras la música sopla sosegadamente y se extiende por la sala. A su lado, soy libre, me encuentro en paz. No busco nada, no quiero nada, no necesito nada. Tan solo estoy, aquí y ahora, alumbrado por la luz de la vida.

Dejo caer mis brazos sobre la estampa de Al Capone, Totò, Massimo Troisi y Fausto Coppi. Es todo un halago que me acompañen esta noche. Levanto la cabeza y mis ojos se alinean con la vela que ilumina la mesa en la que estoy sentado. Su llama se tambalea. Miro hacia los lados, pero no pasa ninguna corriente. Lo más probable es que sea el resuello de la música lo que las mueva.

«Salute» grita un hombre al fondo de la sala. Los amigos que lo acompañan se levantan de su silla, alzan la copa y brindan al son de Can’t take my eyes off you. Y por unos segundos consiguen contagiarme ese entusiasmo tan espontáneo. «Salud, amigo», pienso para mis adentros.

A escasos metros de la escena, una pareja de jóvenes se troncha de risa al mismo tiempo que uno le muestra al otro la pantalla del móvil. Pero, más allá de las carcajadas, parece que están hipnotizados. ¿Escucharán la música?, me pregunto.

—Enseguida viene su plato —me dice el camarero—. Perdone la tardanza.

—De acuerdo, no se preocupe —le respondo—. No hay prisa.

Y la verdad es que no la hay. Tengo todo el tiempo del mundo. ¿Adónde voy a ir? No hay ningún destino. No existe tal cosa. Mi viaje es eterno. La vida es tan solo un camino más en la existencia, en este viajar. Es tan solo una estación más en la infinitud de mi ser. La vida es un verso en la Gran Canción.

Me fijo en la mesa esférica que anida en medio del restaurante. No hay nadie sentado en ella. Parece dormida. Es grande, tan grande como Saturno. Del centro nacen unas ramas que lamen la lámpara de techo que las ilumina. Los chésters del rincón observan la escena con curiosidad. Todo está en su sitio, en consonancia. La sala guarda una magia divina.

Pido la cuenta.

—¿Cómo ha ido todo? —me pregunta el camarero con amabilidad—. ¿Le han gustado las verduras y el salmón?

—Sí, ¡riquísimo! —contesto—. Aquí tiene, muchas gracias por todo.

Me levanto y salgo por la puerta del restaurante con una sonrisa en la cara. Y la música sigue cantándole a la Luna.

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